Volviendo a casa ya en esas tardes horas de la noche, cuando la mayoría
de la gente acomoda sus cabezas sobre la almohada entablando sueños
profundos. La noche era tranquila, acompañada de una resplandeciente
luna redonda, paciente por hacer rebotar la luz ajena sobre el medio mundo
adormitado. Y era tal vez este reflejo de una luna llena que conmovía
las emociones sin razón alguna. En ese preciso instante sintió
una soledad aplastante, melancólica, casi mortal.
El saber que esta solo en una noche de paz solitaría, solo con su
alma, solo con su sombra fiel, soledad convertida en penumbra; que pasea
por la oscuridad acompañada por la luz opaca de un círculo
loco. Muestra su fragilidad a la oscuridad ajena, siente que sus mejillas
se humedecen con unos surcos salados de dolor, dolor encendido que camina
en esa noche de calma, casi inmóvil.
Que nostalgia cabalga con la luna, que lamento infinito tienen las estrellas
que no hablan? Viajando con el tiempo, se siente fatigado por las tantas
caidas, reflexionando detrás de la noche, tratando de ánimar
a su existencia. Perdido así en latitudes abismales, vé que
es naufrago en el oceano del tiempo, trata de orientarse mirando las osas
del cielo y se pierde más al contemplar su brillo hipnotizante. Perdido
yá en sus recuerdos, alcanza a versé caminando sin rumbo en
un paraje indefinido de siluetas verdes interminables. Valle infinito donde
los segundos no existen, paraje indómito donde el viento aún
juega con las hojas alegrés. Armonizando con su alrededor se vé
sonriendo por doquier, contento de sentirse en paz con su ánima,
imaginando hacer flores con canciones de seda, jugando con risas de nube,
tejiendo alegrías desparramadas en el eco de un sol radiante, imagenés
de melancolía eterna.
Un suspiro como un mar de espigas que tiemblan con el soplido de una muchedumbre
de cisnes minúsculos, deseo que agoniza en la noche muda. Rememorando
así un instante etereo, llega a casa noche tras noche, esperando
a que su inalcanzable redención algún día le toque
la espalda. Cierra los ojos lentamente, cansado por la fatigable caminata
en sus recuerdos, sin saber que lo que sentía, era simplemente la
dulce inocencía de un nino que jugabá con un mundo perdido.